Kraftwerk y yo

El primer disco de Kraftwerk que compré fue "Computer World", en 1982.
Mientras los grupos “New Romantics” sonaban “humanos”, Kraftwerk sonaban como de otro planeta. Su música era fría y su aspecto más aún. Al fin y al cabo, ellos eran robots. En las imágenes no se distinguía quiénes eran los humanos y quiénes los robots. Eso me encantaba. Antes de cortarme el pelo pensaba que lo peor que le pudiera ocurrir a un rockero era que a su hijo le gustaran Kraftwerk. Si Elvis era la referencia rebelde de los años cincuenta, Kraftwerk lo eran de los 70. Por lo menos así lo vi. Y los jóvenes siempre han sido rebeldes. Así que ser fan de Kraftwerk era lo más rebelde que se me pudiera ocurrir. Poco a poco fui comprando toda su discografía. Entre la comunidad rockera Kraftwerk tenían muy mala prensa. No los consideraban músicos, sino máquinas, lo cual no dejaba de ser un elogio para ellos. Era habitual discutir mucho sobre eso. Sin embargo, Kraftwerk demostraron ser unos profetas. Todas sus obras parecían ser perfectas proyecciones de lo que ocurriría en un futuro próximo, tanto musical como tecnológicamente. Curiosamente ellos se consideraban perfectamente contemporáneos. Hasta que no triunfaron los New Romantics, no se les puso en el lugar que siempre les correspondió. 

La simplicidad de sus mensajes, su imagen y su música me atrajeron tanto que se convirtieron para siempre en parte de mi filosofía de vida. 

Quizá lo más desesperante de ser fan de Kraftwerk era la escasa producción del grupo. A partir de 1981 apenas han editado material, lo cual hace la vida del fan muy dura. En muchas ocasiones he comprendido esa escasez de discos. No solo porque es difícil superarse a sí mismos, sino porque finalmente su breve catálogo los convierte en más grandes. Su música es la banda sonora de mi vida. 

Ahora que lo pienso, mi generación estuvo muy marcada por los robots. Con 13 años, el robot Mazinger era mi favorito, y vi “La Guerra de las Galaxias”. En casa había un gran libro que se llamaba “Futuro” en donde se representaban imágenes sobre cómo iba a ser la vida en el año 2000. Siempre crecí con muchas ganas de ver todo eso. En el libro había imágenes de ciudades en donde los coches volaban y los humanos convivían en perfecta armonía con los robots. Si  a toda esa imaginería le pones la banda sonora de Kraftwerk y canciones como The Robots, lo más normal de tu vida es querer vivir en ese mundo. Lamentablemente, nunca ha ocurrido eso. Los coches no vuelan por las ciudades y a lo que llaman robots, como aspiradoras y tostadoras, me parece una broma de mal gusto. 

Sin embargo, Kraftwerk me hacían sentir el futuro, por mucho que ellos no fueran más que los verdaderos contemporáneos. Genialidades como duplicarse mediante robots, o ese intento de dar conciertos simultáneos con ellos me parecían algo sublime. Llamar a un disco “Computer World” en pleno 1981 era, simplemente, visionario. Hasta 1986 no volvieron a editar otro disco, “Electric Café”. Yo estaba en el servicio militar y cuando lo firmé, puse “¡Viva 1987!” pero, a pesar de eso, no dieron conciertos, ni prácticamente promoción del disco. Hubo que esperar hasta 1991 para que resurgieran completamente renovados con su doble disco “The Mix” y, lo que era mejor, con una gran gira. España estaba programada así que compré una entrada para el concierto de Barcelona, el 8 de noviembre en la sala Zeleste. Me encontraba absolutamente hipnotizado antes del concierto, prácticamente sin respiración. Cuando salieron, en su estudio transportable que ellos llaman Kling Klang, fue una verdadera culminación. Por aquella época su puesta en escena consistía en 4 pantallas detrás de cada uno, unas luces de neón a sus pies y un complejo equipo que más se parecía a una estación de la NASA que a instrumentos musicales. En mitad del tema Autobhan hubo un corte de luz y el grupo se quedó parado. Se fueron del escenario y en breve se restableció la electricidad. Qué ironía que un grupo que se llama Kraftwerk sufra un corte de luz. Cuando salieron a los pocos minutos continuaron el tema en el mismo punto donde lo dejaron. El momento álgido fue cuando el escenario se quedó vacío y comenzó a sonar The Robots. La primera parte con pantallas de vídeo. Y después otra versión, esta vez con los robots. Fue un delirio. Los robots fueron casi más celebrados que los humanos. Eso me encantó.  Salí del concierto tan impresionado que tardé en recuperarme del shock. Pensé que quizás no les volvería a ver nunca más. Pero me equivoqué.

Volvieron a Barcelona en junio de 1998. Me encontraba más excitado que la primera vez. Consideré ese concierto más importante, ya que estábamos a punto de acabar el siglo. Actuaron dentro del festival Sónar, en el Pabellón de la Mar Bella.  Me coloqué en las primeras filas y esperé casi una hora a que aparecieran. Comenzó a sonar “Numbers”, la cortina se abrió y ahí estaban ellos. Aún salieron a escena con todo su estudio Kling Klang, pero las versiones de los temas habían cambiado considerablemente. 

 Estar tan cerca de ellos casi me hizo llorar. Esta vez la novedad eran un par de temas nuevos y los trajes de neopreno, que comenzaron a popularizar. 

Dos días después, me encontré con Florian Schneider en el café Ópera. Le reconocí al momento. Hubo varios segundos en que dudé de mi suerte. Pero no cabía duda, era él. Sentí un gran nerviosismo,  incluso se me durmieron las manos. Pero me armé de valor y fui a hablar con él. Le pregunté en inglés si era Florian Schneider. Me dijo que sí. Le dije que había estado en el concierto. En ese momento le sonó el móvil. Cuando terminó de hablar se dirigió a mí. Estuvo muy amable. Me preguntó de dónde era y pronto  relacionó el País Vasco con el ciclismo. Le pregunté por el nuevo disco. Me dijo que saldría ese mismo año. Dijo que le gustaba mucho Barcelona, pero no Madrid. Hablamos de su anterior actuación en Barcelona y recordó perfectamente el corte de electricidad en Autobahn. Hablamos de lo caros que están los discos antiguos de Kraftwerk y me aconsejó no comprarlos. Después me dijo que la gente que hacía fancines del grupo “están locos”. También hablamos de viajes, de Lisboa, de Marruecos.  Dijo que solo conocía Túnez. Le hablé de Paul Bowles.  Llevaba la cabeza rapada y vestía muy deportivo, con zapatillas. Bebió varios zumos de naranja. Nos despedimos dándonos la mano. Por aquella época no era habitual llevar consigo la cámara de fotos, cosa que lamenté. No pude inmortalizar semejante momento. Pero quedé muy satisfecho y orgulloso. Florian era mi Kraftwerk favorito, el que más robot parecía. Además, era el más simpático. 

El nuevo disco que prometió Florian salió al año siguiente. Pero no fue un álbum completo, sino un maxi que hicieron para la Expo de Hannover del año 2000. Sin embargo, el tema me mantuvo en vilo hasta que, por fin, en el año 2003 editaron un disco nuevo. Aunque el concepto no era nuevo, ya que se trataba de un álbum conceptual sobre el Tour de Francia. En el momento de sacarlo a la venta me encontraba en Budapest, así que lo compré allí mismo.  Lo mejor es que se anunció una nueva gira del grupo. Así que en marzo del año 2004 ya me encontraba en Barcelona para verlos de nuevo, en la sala Razzmatazz. Esta vez la puesta en escena era más minimalista, simplemente con sus teclados, un ordenador encima y las pantallas detrás. Fui con cámara digital y grabé todo lo que pude. Al día siguiente cogí un vuelo a Madrid, en donde les volví a ver. 

Esta vez fue en la sala La Riviera, una famosa sala de conciertos que no me pareció muy adecuada para ellos. La sala estaba repleta de gente y tuve que verles un poco más alejado. En agosto fui a Benicasim, en donde también actuaron, junto a Pet Shop Boys. Salieron a las 3 de la mañana, la hora que más tarde les he visto nunca, y ofrecieron un concierto reducido de una hora. Era la primera vez que les vi en un festival y con tanta gente. Aunque mucho me temo que gran parte del público ni les conocía. 

A finales del año 2006 me tatué un robot de Kraftwerk en un costado. Fue muy doloroso pero pensé que era un merecido homenaje por significar tanto para mí.  Pocos días después les volví a ver en Zaragoza. 

El siguiente concierto al que acudí fue en el año 2013 en el festival Sónar en Barcelona. Dieron un concierto en 3D. Ya no estaba Florian en el grupo, solo quedaba Ralf Hütter como miembro original. Fue un gran concierto, muy emocionante con los efectos en 3D. En concreto en el tema Spacelab cuando una nave parecía pasar por tu cabeza. 
Lo cierto es que me parece impresionante poder seguir viéndoles en directo en la actualidad.  Al fin y al cabo, siempre he pensado que Kraftwerk es un grupo imperecedero y que, con el tiempo, sus miembros puedan sustituirse a sí mismos. Incluso el concepto de que sean los propios robots quienes den los conciertos. Aunque parezca que no, Kraftwerk ha evolucionado enormemente desde sus comienzos. Cada gira de ellos es un avance técnico. 



En abril de 2015 fui a verles al teatro Liceo de Barcelona. Estaba casi en primera fila, frente a Ralf Hutter. Fue un éxtasis. Estar sentado, sin que te moleste la gente fue una maravilla. El sonido espectacular y las imágenes en 3D muy adecuadas para el entorno. Fue un concierto perfecto. 

En octubre de 2016 el grupo dio 8 conciertos seguidos en el museo Guggenheim de Bilbao. Tan solo se permitía comprar una entrada por persona, pero me las ingenié para asistir a 4. 


Elegí "The Man Machine", "Computer World", "The Mix" y "Tour de France". A pesar de lo monumental del famoso museo, la sala donde tocaron era más bien pequeña, situada en el hall. Más de una hora antes, ya se formaba una gran cola para entrar. Lo primero que veías era una sala con el merchandising del grupo. Después entrabas a la sala en donde te daban unas gafas para el show, de diferente color cada día. Nunca les había visto en una sala tan pequeña. Era el lugar perfecto para grabar a placer.